viernes, 23 de enero de 2009

Los acontecimientos del 13 y 14 de marzo

Con un grato saludo solía don Augusto pasarme la voz cada vez que nos encontrábamos, ya sea en la tienda, en el barrio, en cada avenida o esquina. Es uno de esos tipos que no tenía porque envidiar algo a nadie. Estaba también la señorita Lucía procedente de una familia adinerada pero con situaciones y discusiones como todos nosotros, pero tantas discusiones habían llevado a la separación de ésta y su familia. Cuando llegó al barrio causó un gran acontecimiento: Era alta (con taco mucho más) tez clara y un buen cuerpo con perfil de modelo. Casi llegamos a pensar que era un ángel, pero no era así, porqué era un demonio. A veces no entendíamos que hacía en este barrio, pero cuando la entendíamos le dábamos gracias en las oraciones al señor ya que ésta adornaba un tanto cada calle por la cual dejaba a relucir una sonrisa mezclada con vanidad.

Alzando la cabeza logré ver a don Arturo; señor de señores. Éste era un tipo respetuoso en su personalidad y en su apariencia era alto, de tez clara, cabello castaño con rizos incluidos. Junto a él su hija Leída, la joven mas engreída que pueda existir o que está vida pudo parir, a la que un saludo hasta le parecía una huachafada combinada con pobreza. Una chica muy hermosa pero pérdida en su vanidad quizá mas que la de Lucía con la cual ni se miraba pero cuando ambas coincidían en un solo lugar era algo fenomenal, casi de ensueño. Junto a ella el ¡señorito! Josué, hermano de leída. A ese muchos lo tenían marcado en el barrio desde que se atrevió a decirle a un chico ratero, el muy idiota lo confundió simplemente por ser éste de tez oscura; que ignorancia tan grande… tanto y tanto duró la cosa que un día lo encontraron solo y fue a buena madera acostumbrado a tener más respeto con la gente del barrio que no solía aguantar ciertas cosas.

Junto a ellos vivía la familia modelo del barrio, la señora Carmen mas conocida como “La doña del velo blanco”, una señora que era digno de escribirla con mayúsculas. Déjenme contarles que una vez ayudó a mi familia con alimentos, ya que carecíamos económicamente de muchas cosas. Ayudó en la reestructuración de la escuela del barrio, era una señora tan digna como la dignidad, sean buenos o malos los que habitaban el barrio. Nadie se atrevía a meterse con ella y por el contrario cada vez que la veían era motivo de saludarla atentamente. Don Ramón, esposo de doña carmen era un señor tan buen criado que cuando platicabas con él, sabía como darle forma a cualquier tema y si no sabias nada, era capaz de sacar un libro y enseñarte algunas cosas relacionada más con los valores y porqué el país está como está. Un hombre tan culto que sin embargó por ser escritor no era un tipo bohemio, yo lo tenía como ejemplo y tal vez en las calurosas tardes de un verano siempre pienso en él con la intención de saber que él es uno de los mejores señores que e conocido.

No es exactamente la constitución de mi barrio. Pero estábamos todos entrelazados, cuando yo veía a alguien que robaba y lo conocía de vista, a veces me daba con la sorpresa que era amigo de mi otro amigo. Una vez salió por la televisión un robo a un cajero automático en San Isidro… y al día siguiente la foto en el periódico era la de mi vecino de cuadras mas arriba. A veces no sabía si jactarme de conocerlo como algo típico en está sociedad o cerrar la boca antes de ser amenazado por alguien.

En mi casa siempre reinaba un aire insólito; un día bien, otros súper bien que a veces no parecía mi familia, días pésimos el los que nos embutíamos de cóleras y cualquier motivo era causa para renegar y enfrentarnos los unos a los otros. Yo era un niño de 10 años que para bien o para mal definía a veces claramente mis sentimientos; a veces obviamente no sabía para que vivía, a veces sabía para que pero no sabía si lo lograría. A veces sentía ganas de matar a mi vecino. Él condenado se atrevió un día a empujar a mi tía y ésta calló aparatosamente sobre la vereda y perdió la vida de un niño que llevada dentro de su ser, el hijo de su entonces madre no tubo reparos en decir que él no fue y inclusive denunció a mamá por difamación, amenos sucedió el caso de que la ley es muerta también para la injusticia y denegaron el asunto. De todos modos el condenado se olvidó del perdón que espero no se le sea concedido aunque a decir verdad en lo rutinario quisiéramos ver ese castigo que tiene Dios para mirarlo a los ojos y decirle que el mundo es así.

Mención aparte tienen “los chicos de la cuadra”, y es mejor decirles así “los chicos de la cuadra” por que me faltaría memoria para recordar las anécdotas qué teníamos; nuestras metidas de patas, nuestras caminatas por calles poco visitadas e inhóspitas. Éramos la pandilla de los chicos de la cuadra y para cualquier ignorante que piense que pandilla es sinónimo de delincuencia, antes de crucificarme no esta en mí decirle el significado. Esos días maravillosos echados en un parque mirando el cielo y contando fantasías eran las cosas más cuerdas que en la infancia podías escuchar.

Cuando el primer cantillo de los colibríes resonaba por las viviendas, uno a uno comenzaban a desfilar los pasos envueltos de madrugada. Mi cuarto que daba a la calle en el primer nivel se rodeaba de sonidos y mis oídos acostumbrase a escuchar diferentes tipos de caminar, algunos apresurados, otros levemente parecían tocar el suelo, unos finamente tomaban pausas para caminar. Lo extraño era que hasta el día de hoy no sé a quién pertenecían esos pasos, ya que cuando madrugaba y me levantaba a las 5 y 30 de la mañana ni el alma del silencio se atrevía a pasar; una vez tirado en cama desfilaban tacos, zapatos confundidos con la bulla de un auto que se confundían en la agonía de madrugar para llegar temprano a las labores habituales.

Fue un trece de marzo del 97 cuando la linda ciudad hecha de barro y cartón, fue irrumpida por la ley policial. Unos tipos que despertaron a todos con ruidos estruendosos y cual disparos hacían asustar a los bebes. Actuaron en forma de desgraciados. Todos salimos en el barrio pero no despegábamos nuestros cuerpos de la puerta por si cualquier acto merecía escondernos mientras ellos gritaban en formas diferentes:

- ¡esto es una requisa mierda!

Mientras la gente se asustaba pensando que nos matarían… una voz en todo el lugar resonó, era Doña Carmen junto a su esposo. Las únicas personas que con suma cordura podrían comunicarse con estos ignorantes… Doña Carmen dijo:

- ¿por qué portarse así, por qué desgraciar un día de paz?

Cuando la gente pudo armarse de valor para de alguna forma protestar, un ruido resonó en el barrio. Sólo un ruido para desgraciar una vecindad, un muladar, una pradera de ensueño criada y pintada con color fantasía. Un maldito llamado José de los campos disparó hacía Doña Carmen, fue un disparo en el hígado que le hizo perder la vida. Todos lloraban, todos se sentían afligidos y era algo extraño. Don Ramón no explicaba por qué esa actitud mientras veía a su esposa tirada sin nada que poder hacer y en tanto acotaba con rabia las preguntas:

- ¿por qué son tan desgraciados, por qué son unos malditos?

La gente se reveló aunque para ese entonces era tarde, y en uno de esos trances Don Ramón fue apuntado con el revolver en la cien, y tras ser persuadido fue llevado a la comisaría y posteriormente encerrado en prisión.

La tarde poco a poco se desvaneció y ya sobre el pavimento hacía la sangre de una mujer casi divina. Yo me quedé sentado en la berma esperando una explicación, explicación que obviamente nunca llegó. Reí y lloré, todos lloramos y era para mí un día de impotencia, era un día de vida en mi barrio.

Ese día todos quedaron consternados, no hubo una justicia real ni divina que nos hiciera entender que paso. Se había cometido un asesinato y las causas fueron tan ridículas como los titulares en el diario al siguiente día “disparó en defensa propia” “policías linchados en el barrio del desierto”, puede haber en el mundo unos hijos tan mal paridos como esos; a veces creo que sí, a veces no sé ni que creer.

Posteriormente del 13 de marzo cuando el 14 ya nos saludaba, muchos ruidos me repicaban en el oído y motores rugían. Nos abandonaba Lucía. El barrio dejó sentir una nostalgia tremenda casi igual a una pena, quizás era una persona déspota con todos, pero un humano que a muchos nos sirvió como musa al pensar que era un ángel y ese ángel partía nuevamente ¡Que desastroso se estaba convirtiendo todo esto!

Aun eran las 8 de la mañana y en contra de mamá salí a dar una vuelta por la calle, cuando al levantar mi cabeza vi a Don Arturo montarse con familia incluida en un wolsvagen y retirarse, al pasar junto a mi me levantó la mano y dijo ¡tú eres nuestra esperanza! no entendí que me quiso decir con eso, no entiendo hasta el día de hoy, pero lo único que echaba de menos en ese instante era a Leída. Cuando regresé a casa todo estaba calculado para irnos, todo se había envuelto en bolsas, cartones y demás cosas que se nos hacía fácil la tarea de llevar las cosas. Yo quedé sorprendido y le pregunté a mi hermano:

- ¿Dónde vamos?

Él respondió: A un mejor lugar

- ¿Y donde es eso?

- A un lugar que por ser niño no conoces.

Toda esa breve conversación terminó sin ningún susurro y nos fuimos con mucha pena, sobre todo yo. Lloré, lloré y mil veces lloré, nunca pude despedirme de mis amigos “la pandilla del barrio”, de ese mundo paralelo donde yo crecí con mis amigos, donde el desafió era vivir pero que todos reconocíamos que de esa forma no hubiéramos querido nacer, donde un conflicto generaba pleito, ese pleito generaba amenazas y esa amenaza consumada solo causaba miedo a caminar solo.

Cuando abrí los ojos una tarde del 98 ya que no quería recordar lo demás, pedí ayuda a mi amigo, por ese entonces mayor de edad… que me llevé al lugar donde muchos de mis recuerdos perduran y quizás perdurarán y al caer el medio día nos dirigimos a ese barrio.

No existían ya mis amigos, los vecinos eran otras personas más pérdida que la nuestra, gente que con el mirar me demostraba una sed de miseria, de mierda y de rabia. Pero hubo alguien que si reconocí… Era Don Ramón, estaba muy delgado, casi irreconocible y poco quedaba del señor que conocí; me acerqué a él y lo abrasé muy fuerte. Le dije como había estado y entre soñolientas contestaciones y espasmos de casuales interrogantes, decidí preguntarles por todos y qué había pasado con su vida, a lo que me contó brevemente…

Después de mi encierro que duró algo de medio año retorné a casa, me dolió que mi esposa haya muerto de tal manera. Ahora solo existe tanto amor y odio en mi vida ya que el 14 mientras era dirigido a prisión las cenizas de mi esposa fueron desparramadas en el mar. Como sabes nuestro único hijo murió hace ya 3 años en un accidente y desde ese día fuimos mas tiernos con todos, también lo hicimos en busca de remediar en algo la ausencia de nuestro hijo. Cuando volví tuve muchas impresiones, malas y buenas. La mas notable fue que me había enterado que el 14 justo cuando el cielo era propicio para esconderse de los demás, la policía volvió a irrumpir aquí, y todos descubrieron que don Augusto, ese señor tan cauto en su forma de ser, era un terrorista y había encontrado en éste lugar un espacio para alejarse de los demás. Un lugar de donde el podía actuar tan cautamente. De alguna u otra manera me alegro de que esté con cadena perpetua ya que él enlazó la muerte de mi esposa.

¡Dios mió! me dije mientras el ruido de un carro me volví a la vida, al voltear a ver el rostro de Don Ramón pude ver como las lagrimas desfallecían cual sol al atardecer. Se sentía un corazón frío, alguien que no se encontraba consigo mismo y sentía un aire a depresión, ni yo era quien para darle un consejo y tampoco tenía una respuesta. Él se levantó y con un estreches de manos y un gran abrazo se despidió de mi.

En el camino de regreso a casa, comencé a pensar. Vivíamos en un suburbio ajeno a la realidad, yo admiraba a Don Augusto pero éste resultó un tipo radical y causo indirectamente la muerte de la señora Carmen, una mujer a la cual después de de mi madre, la veía como algo sagrado y me dolió no poder ni siquiera verla por última vez. Ocasionalmente tanto la joven Lucía abandonó el barrio, seguido por los demás. Mientras en un lugar oscuro lloraba don Ramón y en otro las cenizas se esparcían en el mar.

Cuando llegué a casa en un pequeño diario escribí y desahogué mis sentimientos. Un barrio se perdió en el tiempo y ha de saber como será hoy. Sólo sé que en entre el 13 y 14 de marzo del 97 sucedieron acontecimientos que cambiaron estilos de vida. Fue una justa intervención policial pero una ignorante reacción ante alguien que pedía calma, una persona que siempre la vi como una persona admirable era un terrorista, personas que adornaban el barrio se esfumaron en el tiempo y nuestra familia, nuestra familia aun pensando en esos días de marzo. Mientras yo pienso si seguiría vivo si no hubiéramos salido de ese barrio lindo para mí y malo para los demás.

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